
Hace poco más de tres años Daniel Ludueña arribó a suelo mexicano. Corría el 2005 y al bajar del avión en el aeropuerto de Guadalajara no fue precisamente el clásico argentino que atrajera fanáticas hambrientas de autógrafos y fotografías vía celular. Su cabellera distaba mucho de esos rizos rubios de algún sudamericano de apellido elegante.
Su llegada fue discreta en el plano mediático. Venía precedido de un cartel superior a la media pero tampoco nada extraordinario.
Todo cambió hasta el día en que Ludueña debutó con Tecos. El medio campo del cuadro zapopano lució de inmediato.
Con el llamado “Hachita”, el conjunto universitario llegaba a una instancia final luego de una década sin reflectores. América les frustró el sueño en aquel momento pero el tiempo le habría de dar otra revancha.
Daniel emigraría a Santos para un nuevo proyecto. Una aventura en el norte del país con un tenso problema porcentual incluido.
Santos después de sufrir horas y jornadas de agonía, permaneció en primera división producto de una campaña dolorosa y riesgosa. Ahí estuvo Ludueña para salvar el barco.
Dos torneos después, los “Guerreros” levantan orgullosos la nueva copa. Junto con Daniel, los bailes extraños de Vuosso, la velocidad de Benítez y los reflejos felinos de Oswaldo, Santos logró conformar uno de los equipos más competitivos de los últimos torneos.
Pero Ludueña fue, es y seguramente será el referente lagunero. Marcará época en Santos, su “look” más de un joven secundariano lo habrá de solicitar en la peluquería, su peculiar usanza del short será la nueva moda en las pasarelas llaneras y seguramente quienes alguna vez se han colocado zapatos de futbol soñarán despiertos con un gol a la “hachita”.
Hoy por lo pronto, amigos y enemigos de la cancha tendrán que bajar unos centímetros el calzoncillo del uniforme para que las rodillas no sean vistas por el adversario. Quizá ahí radique el secreto de Ludueña para lograr esos impredecibles movimientos.
Daniel es una estrella, pertenece a una nueva constelación y como estrella que es, no siempre aparece. Requiere de un cielo despejado al igual que una cancha con suficientes espacios. Se asoma sólo cuando es necesario para generar alguna satisfacción. Se guarda celosamente para después brillar intempestivamente. Así es su juego. El juego de una estrella. No por nada, su pequeña hija lleva por nombre “Luna” y es que Ludueña sabe que cuando ambos aparezcan en el firmamento algo extraordinario habrá de pasar. Algo como un cielo luminoso, algo como un título portentoso.
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Por: Roberto - 09/06/2008 - 17:01 PM
asi es como poco a poco y sin hacer tanto ruido los jugadores deben ir creciendo, trabajar muy duro para ser buenos jugadores y aprovechar las oportunidades para demostrarlo, ojala que no solo los extranjeros sean los unicos que veamos como van mejorando, tambien esta bien si vemos como los mexicanos van teniendo un mejor juego en la cancha para que sigamos viendo un buen futbol
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